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¿Por qué sentimos lo que sentimos? Entender nuestras emociones
Las emociones forman parte de nuestra manera de responder a lo que vivimos. Comprender cómo aparecen, cómo pueden cambiar y qué hacemos ante ellas puede ayudarnos a relacionarnos de forma más flexible con lo que sentimos.

Alegría, miedo, tristeza, rabia, culpa, vergüenza… A lo largo del día podemos experimentar emociones muy diferentes y no todas resultan agradables. Algunas aparecen con tanta intensidad que quisiéramos dejar de sentirlas cuanto antes. Esto puede llevarnos a pensar que ciertas emociones son buenas y otras malas, cuando en realidad forman parte de la manera en que respondemos a aquello que ocurre dentro y fuera de nosotros.
Una emoción no es solamente “sentirse bien” o “sentirse mal”. Cuando aparece, pueden cambiar nuestra atención, nuestros pensamientos, las sensaciones del cuerpo y nuestra disposición para actuar. El miedo, por ejemplo, puede dirigir nuestra atención hacia una posible amenaza; la tristeza puede aparecer ante una pérdida o algo importante que cambia; la rabia puede movilizarnos cuando percibimos un obstáculo, una amenaza o una situación que consideramos injusta; la alegría puede surgir ante experiencias que valoramos como favorables o significativas y favorecer que nos acerquemos a ellas; la sorpresa puede aparecer frente a algo inesperado y orientar rápidamente nuestra atención hacia lo que está ocurriendo; y el asco puede surgir ante estímulos o situaciones que percibimos como potencialmente nocivos o desagradables y favorecer el distanciamiento. Estas respuestas pueden ayudar a adaptarnos a determinadas circunstancias, aunque eso no significa que siempre interpretemos correctamente lo que sucede.
De hecho, sentir miedo no demuestra necesariamente que exista un peligro, así como sentir culpa no confirma por sí mismo que hayamos hecho algo incorrecto. Las emociones están relacionadas con la manera en que interpretamos una situación, nuestra historia y aquello que consideramos importante. Por eso, dos personas pueden reaccionar de manera diferente ante un mismo acontecimiento.
Además, nuestra experiencia emocional puede volverse más compleja con lo que pensamos sobre lo que está ocurriendo o incluso sobre la propia emoción. Por ejemplo, podemos sentir miedo ante una situación y después pensar “no debería sentirme así”, lo que puede añadir vergüenza, frustración o malestar. También podemos experimentar tristeza y comenzar a interpretar lo sucedido de una manera que intensifique esa experiencia. Los pensamientos no son simplemente acompañantes de las emociones: la forma en que interpretamos una situación puede amplificar, mantener o transformar aquello que sentimos.
En este sentido, algunas experiencias emocionales pueden construirse a partir de varios procesos que ocurren al mismo tiempo. La ansiedad, por ejemplo, puede incluir miedo, anticipación de posibles amenazas, preocupación y cambios corporales. Por eso, las emociones no siempre aparecen como categorías aisladas y fáciles de identificar; pueden mezclarse, cambiar con el tiempo o dar lugar a nuevas respuestas emocionales.
También es importante distinguir entre sentir una emoción y actuar según el impulso que aparece con ella. Podemos sentir rabia sin agredir, miedo sin abandonar una situación o tristeza sin alejarnos de aquello que sigue siendo importante. Las emociones pueden predisponernos a determinadas acciones, pero no deciden inevitablemente nuestro comportamiento.
Entonces, ¿qué hacemos cuando una emoción resulta incómoda? No siempre necesitamos eliminarla. Puede ser más útil reconocer lo que estamos sintiendo, observar el contexto y decidir qué respuesta resulta adecuada para esa situación. No existe una única estrategia que funcione para todas las emociones ni en todos los momentos; aprender a adaptar nuestra respuesta a las circunstancias puede ayudarnos a relacionarnos de una manera más flexible con lo que sentimos.
Las emociones difíciles no son automáticamente un problema. Importa su intensidad, cuánto tiempo permanecen, el contexto en el que aparecen y la manera en que respondemos a ellas. Cuando el malestar emocional se mantiene o empieza a interferir de manera importante con nuestra vida cotidiana, buscar apoyo profesional puede ayudarnos a comprender mejor qué está ocurriendo y desarrollar otras formas de afrontarlo.
Un momento para ponerlo en práctica
Esta práctica tiene un propósito psicoeducativo y no sustituye una evaluación ni un proceso de atención psicológica. Para realizarla, elige una experiencia emocional reciente de intensidad leve o moderada, no una situación que todavía genere un malestar intenso. Si notas que la práctica aumenta significativamente tu malestar, puedes detenerla.
Piensa durante uno o dos minutos en esa situación y pregúntate:
¿Qué estaba ocurriendo cuando apareció la emoción?
¿Qué noté primero en mi cuerpo, mis pensamientos o mi atención?
¿Qué pensamientos aparecieron después y cómo influyeron en lo que sentía?
¿Qué sentí ganas de hacer?
¿Cómo respondí finalmente?
El propósito no es descubrir qué “significa” exactamente la emoción ni juzgar si deberías haberla sentido. Se trata de observar cómo una situación, nuestros pensamientos, las sensaciones corporales y nuestras acciones pueden relacionarse entre sí y hacer que la experiencia emocional cambie o se vuelva más compleja.
En Grupo TBE entendemos que cuidar nuestra salud mental no significa dejar de experimentar emociones difíciles. Aprender a reconocerlas, comprender el contexto en el que aparecen y observar cómo respondemos ante ellas puede ayudarnos a relacionarnos de una manera más flexible con nuestra experiencia emocional.
Referencias
Chen, M. S., Bi, K., Han, X., Sun, P., & Bonanno, G. A. (2024). Emotion regulation flexibility and momentary affect in two cultures. Nature Mental Health, 2, 450–459. https://doi.org/10.1038/s44220-024-00215-3
Farb, N. A. S., Chapman, H. A., & Anderson, A. K. (2013). Emotions: Form follows function. Current Opinion in Neurobiology, 23(3), 393–398. https://doi.org/10.1016/j.conb.2013.01.015
Lench, H. C., Bench, S. W., Darbor, K. E., & Moore, M. (2015). A functionalist manifesto: Goal-related emotions from an evolutionary perspective. Emotion Review, 7(1), 90–98. https://doi.org/10.1177/1754073914553001
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